Alimentos procesados: Tecnología para una mejor nutrición

imagenAutor: Mg. Marcela Leal, Directora de la Licenciatura en Nutrición – Universidad Maimónides (Argentina)

Actualmente poseemos evidencia científica suficiente para poder vincular los diferentes estilos de vida con enfermedades crónicas no trans­misibles (ECNT) tales como la obesidad, la diabetes, el cáncer, las enfermedades del aparato cardiovascular y otros. Si consi­deramos la combinación de un estilo de vida sedentario con la disponibilidad de alimentos ricos en energía y pobres en nutrientes, de bajo poder saciante, po­demos encontrar una de las razones que llevan a ingestas excesivas con sus con­siguientes consecuencias. De hecho, (el número de personas con diabetes a nivel mundial se ha casi cuadruplicado desde 1980).

Antes se consideraba que la forma en la cual se podían incorporar más nutrientes era ingiriendo más alimentos; sin em­bargo esta relación ya no existe debido al bajo costo de las llamadas calorías va­cías, que permiten encontrar personas sobrealimentadas pero malnutridas. Se ha venido observando en las últimas dé­cadas una disminución del consumo de alimentos ricos en nutrientes, como las frutas, las verduras y los cereales inte­grales; y un incremento del consumo de alimentos que al tiempo que son bajos en nutrientes, tienen un alto valor energéti­co. Este cambio en el patrón de consumo de alimentos de la población podría ser una de las razones de las ingestas insufi­cientes en micronutrientes.

Las ECNT y la malnutrición afectan no sólo la salud y el bienestar individual sino que, debido al aumento de su prevalen­cia y a su naturaleza crónica, también imponen una carga económica para la sociedad. Más del 60% de los costos de atención médica y por discapacidades, y la gran mayoría de las muertes prema­turas debidas a ECNT, se podrían preve­nir a través de factores de estilo de vida modificables tales como la nutrición y la actividad física.

Malnutrición

La ingesta inadecuada de nutrientes es un problema global y se lo considera el mayor desafío para el siglo XXI. La ma­yoría de la población mundial tiene una ingesta inadecuada de al menos una de las vitaminas y minerales esenciales, con sus consiguientes consecuencias nega­tivas en la vida de las personas, como el impacto negativo en el crecimiento, de­sarrollo y supervivencia de los niños, y un envejecimiento saludable. En los países en desarrollo se observa que un tercio de su población se ve afectado por esta defi­ciencia, siendo usualmente resultado de una ingesta inadecuada o insuficiente de alimentos, la baja calidad nutricional de la dieta y/o una baja biodisponibilidad de micronutrientes.

Impacto económico de la malnutrición

La malnutrición infantil puede traer con­secuencias que repercuten en una me­nor capacidad física, dificultades en el aprendizaje, bajo rendimiento escolar; aspectos que influyen negativamente en las oportunidades socioeconómicas que puedan tener al llegar a la edad adulta: se calcula que los adultos que sufrieron desnutrición durante su niñez tienen un ingreso 20% menor comparado con aquellos que no la sufrieron.

Los costos económicos de enfrentar la malnutrición son menores que los de hacerse cargo de las enfermedades y la mortalidad que puedan derivar de la mis­ma. Según estimaciones del Programa Mundial de Alimentación (PMA) el cos­to anual de combatir la desnutrición en todos los niños menores de 5 años en la región latinoamericana asciende a 2,05 mil millones de dólares, pero el de no combatirla oscila entre 104 mil millones y 174 mil millones de dólares (por morta­lidad infantil, pérdida en la productividad por retardo en el crecimiento y pérdidas por enfermedades crónicas, entre otras causas).

A lo largo de las últimas décadas Latinoa­mérica ha sufrido un cambio en su perfil epidemiológico y nutricional, donde la prevalencia del binomio sobrepeso – obe­sidad sigue en aumento mientras persiste la deficiencia de ciertos micronutrientes; especialmente en los grupos que mayor vulnerabilidad alimentaria.

Densidad nutriente – energía

El consumidor promedio tiene un cono­cimiento limitado sobre cómo la dieta puede afectar la salud, y cuando toman decisiones en relación a los alimentos, cuentan con poca información para po­der interpretar correctamente cuál es el aporte energético y la composición nu­tricional de los mismos; lo que los lleva generalmente a consumir demasiadas calorías sin obtener la cantidad óptima de vitaminas y minerales. Para ayudar a frenar el aumento de la prevalencia glo­bal de obesidad es necesario reequilibrar la densidad nutriente – energía dentro de los productos alimenticios al tiempo que se reduce la ingesta calórica para corregir el desbalance energético.

La densidad nutriente – energía es la can­tidad de nutrientes por gramo de comida, en relación con las calorías que dicho ali­mento contiene.

Alimentos como los vegetales y las frutas contienen más nutrientes y menos calo­rías por cada gramo, por lo que se con­sideran alimentos con una alta densidad nutriente – energía; en oposición, alimen­tos como los snacks proporcionan menos nutrientes pero un mayor número de ca­lorías por cada gramo, por lo que tienen una densidad nutriente – energía menor (ver Cuadro 1).

Tabla 1Cuadro 1. Densidad nutricional y calórica de algunos alimentos

Fortificación

La deficiencia en la ingesta de micronu­trientes puede prevenirse con el uso de alimentos fortificados o suplementos die­téticos, ya que pueden mejorar el estado de la población sin forzar cambios en sus patrones de alimentación.

Considerando los cambios en los estilos de vida, el envejecimiento de la pobla­ción y la necesidad de reducir la ingesta calórica, surge la oportunidad para el de­sarrollo de productos y servicios que la industria alimentaria puede poner a dis­posición de los consumidores, ofrecién­doles alimentos que, además de ser ricos en nutrientes, tengan buen sabor y sean asequibles, accesibles y aceptables.

La fortificación de los alimentos ha de­mostrado ser una medida segura a la hora de mejorar el perfil nutricional de una dieta, especialmente si son consu­midos con regularidad; lo que constituye una importante estrategia de salud pú­blica que posibilita la llegada a los gru­pos poblacionales más vulnerables por medio de los sistemas tradicionales de distribución. Asimismo, la fortificación de alimentos puede ser rentable, aportando un valor agregado a los productos, en un momento en el que los consumido­res exigen alternativas de alimentos que sean más saludables, estando dispuestos a pagar más por la calidad y los beneficios adicionales.

Estrategias de fortificación de alimentos

Según la OMS se clasifican en tres grupos de acuerdo a su enfoque:

  1. Masiva: afecta a alimentos de amplio consumo, como el trigo, la sal o el azúcar.
  2. Focalizada: fortifica los alimentos con­sumidos por grupos de edad específi­cos, como es el caso de los alimentos complementarios para lactantes.
  3. Promovida por el mercado: se refiere a la práctica de un fabricante de ali­mentos de fortificar una determinada marca destinada a un nicho de consu­midores concreto.

Los alimentos utilizados como vehículo de las fortificaciones se agrupan en tres categorías generales: alimentos básicos (arroz, arroz, aceites), condimentos (sal, salsa de soja, azúcar) y alimentos proce­sados (pasta, alimentos complementa­rios para lactantes, productos lácteos).

Conclusiones

La experiencia internacional indica que es más efectivo invertir en erradicar la mal­nutrición que sufrir sus consecuencias futuras, tanto sociales como económicas. Para el desarrollo e implementación de medidas que promuevan soluciones para la deficiencia de micronutrientes, como la fortificación de los alimentos, se reque­rirá un esfuerzo a largo plazo, sostenido y coordinado por los organismos de salud y la industria alimentaria.

Para que los consumidores puedan ele­gir los alimentos más saludables de los que dispone el mercado, es necesario un enfoque que permita producir un etique­tado que contenga el perfil de nutrientes de todos los alimentos, así como alentar el conocimiento sobre el índice de densi­dad nutriente – energía; para mejorar el estado nutricional de la población y cola­borar a que las personas sean capaces de contribuir a su propia salud, asegurando el adecuado desarrollo mental y físico de los niños y reduciendo la carga de los cos­tos de atención médica y su impacto en el desarrollo económico de un país.

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